Lenin: 1902: ¿Qué hacer?
Subcapítulo III a) LA AGITACION POLITICA Y SU RESTRICCION POR LOS ECONOMISTAS
El ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento fue escrito en ruso por Lenin entre el otoño de 1901 y febrero de 1902 y publicado por primera vez en marzo de 1902 como folleto aparte en Stuttgart.
Reproducimos el fragmento de la traducción al español del texto completo de ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento, por la Editorial Progreso contenido en Lenin: Obras escogidas, tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1981, páginas 115-270. Que se halla también en Lenin: Obras Completas, tomo 6, Editorial Progreso, Moscú, 1981, páginas 1-203.
Este Subcapítulo ocupa las páginas 159 a 167 de la edición de Obras escogidas y las páginas 58 a 69 de la edición de Obras completas citadas.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por José Julagaray, Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria a 8 de agosto de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
Todo el mundo sabe que la lucha económica (1) de los obreros
rusos alcanzó gran extensión y se consolidó
a la par con la aparición de "publicaciones"
de denuncias económicas (concernientes a las fábricas
y los oficios). El contenido principal de las "octavillas"
consistía en denunciar la situación existente en
las fábricas, y entre los obreros se desencadenó
pronto una verdadera pasión por estas denuncias. En cuanto
los obreros vieron que los círculos de socialdemócratas
querían y podían proporcionarles hojas de nuevo
tipo -que les decían toda la verdad sobre su vida miserable,
su trabajo increíblemente penoso y su situación
de parias-, comenzaron a inundarlos, por decirlo así, de
cartas de las fábricas y los talleres. Estas "publicaciones
de denuncias" causaban inmensa sensación tanto en
las fábricas cuyo estado de cosas fustigaban como en todas
las demás a las que llegaban noticias de los hechos denunciados.
Y puesto que las necesidades y las desgracias de los obreros de
distintas empresas y de diferentes oficios tienen mucho en común,
la "verdad sobre la vida obrera" entusiasmaba a todos.
Entre los obreros más atrasados se propagó una verdadera
pasión por "ser publicado", pasión noble
por esta forma embrionaria de guerra contra todo el sistema social
moderno, basado en el pillaje y la opresión. Y las "octavillas",
en la inmensa mayoría de los casos, eran de hecho una declaración
de guerra, pues la denuncia producía un efecto terriblemente
excitante, movía a todos los obreros a reclamar que se
pusiera fin a los escándalos más flagrantes y los
disponía a defender sus reivindicaciones por medio de huelgas.
Los propios fabricantes tuvieron, en fin de cuentas, que reconocer
hasta tal punto la importancia de estas octavillas como declaración
de guerra, que, muy a menudo, ni siquiera querían esperar
a que empezase la guerra. Las denuncias, como ocurre siempre,
tenían fuerza por el mero hecho de su aparición
y adquirían el valor de una poderosa presión moral.
Más de una vez bastó con que apareciera una octavilla
para que las reivindicaciones fuesen satisfechas total o parcialmente.
En una palabra, las denuncias económicas (fabriles) han
sido y son un resorte importante de la lucha económica.
Y seguirán conservando esta importancia mientras exista
el capitalismo, que origina necesariamente la autodefensa de los
obreros. En los países europeos más adelantados
se puede observar, incluso hoy, que las denuncias de escándalos
en alguna "industria de oficio" de un rincón
perdido o en alguna rama del trabajo a domicilio, olvidada de
todos, se convierten en punto de partida para despertar la conciencia
de clase, para iniciar la lucha sindical y la difusión
del socialismo (2).
Durante los últimos tiempos, la inmensa mayoría
de los socialdemócratas rusos ha estado absorbida casi
enteramente por esta labor de organización de las denuncias
de los abusos cometidos en las fábricas. Basta con recordar
Rab. Mysl para ver a qué extremo había llegado
esta absorción y cómo se olvidaba que semejante
actividad, por sí sola, no era aún, en el
fondo, socialdemócrata, sino sólo tradeunionista.
En realidad, las denuncias no se referían más que
a las relaciones de los obreros de un oficio determinado con
sus patronos respectivos, y lo único que lograban era que
los vendedores de la fuerza de trabajo aprendieran a vender a
mejor precio esta "mercancía" y a luchar contra
los compradores en el terreno de las transacciones puramente comerciales.
Estas denuncias podían convertirse (siempre que las aprovechara
en cierto grado la organización de los revolucionarios)
en punto de partida y elemento integrante de la actividad socialdemócrata,
pero podían conducir también (y, con el culto a
la espontaneidad, debían conducir) a la lucha, "exclusivamente
sindical" y a un movimiento obrero no socialdemócrata.
La socialdemocracia dirige la lucha de la clase obrera no sólo
para conseguir ventajosas condiciones de venta de la fuerza de
trabajo, sino para destruir el régimen social que obliga
a los desposeídos a venderse a los ricos. La socialdemocracia
representa a la clase obrera en sus relaciones no sólo
con un grupo determinado de patronos, sino con todas las clases
de la sociedad contemporánea, con el Estado como fuerza
política organizada. Se comprende, por tanto, que, lejos
de poder limitarse a la lucha económica, los socialdemócratas
no pueden ni admitir que la organización de denuncias económicas
constituya su actividad predominante. Debemos emprender una intensa
labor de educación política de la clase obrera,
de desarrollo de su conciencia política. Ahora,
después del primer embate de Zariá e Iskra
contra el "economismo", "todos están
de acuerdo" con eso (aunque algunos lo están sólo
de palabra, como veremos enseguida).
Cabe preguntar: ¿en qué debe consistir la educación
política? ¿Podemos limitarnos a propagar la idea de
que la clase obrera es hostil a la autocracia? Está claro
que no. No basta con explicar la opresión política
de que son objeto los obreros (de la misma manera que era insuficiente
explicarles el antagonismo entre sus intereses y los de
los patronos). Hay que hacer agitación con motivo de cada
hecho concreto de esa opresión (como hemos empezado a
hacerla con motivo de las manifestaciones concretas de opresión
económica). Y puesto que las más diversas clases
de la sociedad son víctimas de esta opresión, puesto
que se manifiesta en los más diferentes ámbitos
de la vida y de la actividad sindical, cívica, personal,
familiar, religiosa, científica, etc., ¿no es evidente
que incumpliríamos nuestra misión de desarrollar
la conciencia política de los obreros si no asumiéramos
la tarea de organizar una campaña de denuncias políticas
de la autocracia en todos los aspectos? Porque para
hacer agitación con motivo de las manifestaciones concretas
de la opresión es preciso denunciar esas manifestaciones
(lo mismo que para hacer agitación económica era
necesario denunciar los abusos cometidos en las fábricas).
Podría creerse que esto está claro. Pero aquí
precisamente resulta que sólo de palabra están "todos"
de acuerdo con que es necesario desarrollar la conciencia política
en todos sus aspectos. Aquí precisamente resulta
que Rab. Dielo, por ejemplo, lejos de asumir la tarea de
organizar denuncias políticas en todos los aspectos (o
comenzar su organización), se ha puesto a arrastrar
hacia atrás también a Iskra, que había
iniciado esa labor. Escuchen: "La lucha política de
la clase obrera es sólo" (precisamente no es sólo)
"la forma más desarrollada amplia y eficaz de la lucha
económica" (programa de Rab. Dielo: véase
su número 1, pág. 3). "En la actualidad, los
socialdemócratas tienen planteada la tarea de dar a la
lucha económica misma, en la medida de lo posible, un carácter
político" (Martínov en el núm. 10, pág.
42). "La lucha económica es el medio que se puede
aplicar con la mayor amplitud para incorporar a las masas a la
lucha política activa" (Resolución del Congreso
de la Unión y "enmiendas": Dos congresos,
págs. 11 y 17). Como ve el lector, Rab. Dielo está
impregnado de todas estas tesis desde su aparición hasta
las últimas "instrucciones a la redacción",
y todas ellas expresan, evidentemente, un mismo parecer de la
agitación y la lucha políticas. Analicen, pues,
este parecer desde el punto de vista de la opinión, dominante
entre todos los "economistas", de que la agitación
política debe seguir a la económica. ¿Será
cierto que la lucha económica es, en general (3), "el
medio que se puede aplicar con la mayor amplitud" para incorporar
a las masas a la lucha política? Es falso por completo.
Medios "que se pueden aplicar" con no menos "amplitud"
para tal "incorporación" son todas y cada
una de las manifestaciones de la opresión policíaca
y de la arbitrariedad autocrática, pero en modo alguno
sólo las manifestaciones ligadas a la lucha económica.
¿Por qué los jefes de los zemstvos y los castigos
corporales de los campesinos, las concusiones de los funcionarios
y el trato que da la policía a la "plebe" de
las ciudades, la lucha con los hambrientos y la persecución
de los deseos de instrucción y de saber que siente el pueblo,
la exacción de tributos y la persecución de las
sectas religiosas, el adiestramiento de los soldados a baquetazos
y el trato cuartelero que se da a los estudiantes y los intelectuales
liberales; por qué todas estas manifestaciones de opresión
y miles de otras análogas, que no tienen relación
directa con la lucha "económica", han de ser
en general medios y motivos "que se pueden aplicar "
con menos "amplitud" para hacer agitación política,
para incorporar a las masas a la lucha política? Todo lo
contrario: es indudable que, en la suma total de casos cotidianos
en que el obrero (él mismo o sus allegados) está
falto de derechos o sufre de la arbitrariedad y la violencia,
sólo una pequeña minoría son casos de opresión
policíaca en la lucha sindical. ¿Para qué restringir
de antemano la envergadura de la agitación política
y declarar que se "puede aplicar" con más amplitud"
sólo uno de los medios, al lado del cual deben hallarse,
para un socialdemócrata, otros que, hablando en general,
"pueden aplicarse" con no menos "amplitud"?
En tiempos muy, muy remotos (¡hace un año!...), Rab.
Dielo decía: "Las reivindicaciones políticas
inmediatas se hacen asequibles a las masas después de una
huelga o, a lo sumo, de varias huelgas", "en cuanto
el gobierno emplea la policía y la gendarmería"
(núm. 7, pág. 15 de agosto de 1900). Ahora, esta
teoría oportunista de las fases ha sido ya rechazada por
la Unión, la cual nos hace una concesión al declarar
que "no hay ningún necesidad de desarrollar desde
el comienzo mismo la agitación política exclusivamente
sobre el terreno económico" (Dos congresos,
pág. 11). ¡Por este solo hecho de que la Unión
repudie una parte de sus viejos errores, el futuro historiador
de la socialdemocracia rusa verá mejor que por los más
largos razonamientos hasta qué punto han envilecido el
socialismo nuestros "economistas"! Pero ¡qué
ingenuidad la de la Unión imaginarse que, a cambio de esta
renuncia a una forma de restricción de la política,
podía llevársenos a aceptar otra forma de restricción!
¿No hubiera sido más lógico decir, también
en este caso, que se debe desarrollar con la mayor amplitud posible
la lucha económica, que es preciso utilizarla siempre para
la agitación política, pero que "no hay ninguna
necesidad" de ver en la lucha económica el medio que
se puede aplicar con más amplitud para incorporar
a las masas a la lucha política activa?
La Unión atribuye importancia al hecho de haber sustituido
con las palabras "el medio que se puede aplicar con la mayor
amplitud" la expresión "el mejor medio",
que figura en la resolución correspondiente del IV Congreso
de la Unión Obrera Hebrea (Bund). Nos veríamos efectivamente,
en un aprieto si tuviésemos que decir cuál de estas
dos resoluciones es mejor: a nuestro juicio, las dos son peores.
Tanto la Unión como el Bund se desvían en este caso
(en parte, quizá, hasta inconscientemente, bajo la influencia
de la tradición) hacia una interpretación economista,
tradeunionista, de la política. En el fondo, las cosas
no cambian en nada con que esta interpretación se haga
empleando la palabreja "el mejor" o la expresión
"el que se puede aplicar con la mayor amplitud". Si
la Unión dijera que "la agitación política
sobre el terreno económico" es el medio aplicado con
la mayor amplitud (y no "aplicable"), tendría
razón respecto a cierto período de desarrollo de
nuestro movimiento socialdemócrata. Tendría razón
precisamente respecto a los "economistas", respecto
a muchos militantes prácticos (si no a la mayoría
de ellos) de 1898 a 1901, pues esos militantes prácticos-"economistas"
aplicaron, en efecto, la agitación política
(¡en el grado en que, en general, la aplicaban!) casi
exclusivamente en el terreno económico. ¡Semejante
agitación política era aceptada y hasta recomendada
como hemos visto, tanto por Rab. Mysl como por el Grupo
de Autoemancipación! Rab. Dielo debería haber condenado
resueltamente el hecho de que la obra útil de la agitación
económica no fuera acompañada de una restricción
nociva de la lucha política; pero, en vez de hacer eso,
declara que ¡el medio más aplicado (por
los "economistas") es el medio más aplicable!
No es de extrañar que estos hombres, cuando los tildamos
de "economistas", no encuentren otra salida que ponernos
de vuelta y media, llamándonos "embaucadores",
"desorganizadores", "nuncios del papa" y "calumniadores" (4);
no encuentran otra salida que llorar ante todo el mundo, diciendo
que les hemos inferido una atroz afrenta, y declarar casi bajo
juramento que "ni una sola organización socialdemócrata
peca hoy de "economismo" (5). ¡Ah, esos calumniadores,
esos malignos políticos! ¿No habrán inventado
adrede todo el "economismo" para inferir a la gente,
por simple odio a la humanidad, atroces afrentas?
¿Qué sentido concreto, real, tiene en labios de Martínov
plantear ante la socialdemocracia la tarea de "dar a la lucha
económica misma un carácter político"?
La lucha económica es una lucha colectiva de los obreros
contra los patronos por conseguir ventajosas condiciones de venta
de la fuerza de trabajo, por mejorar las condiciones de trabajo
y de vida de los obreros. Esta lucha es, por necesidad, una lucha
sindical, porque las condiciones de trabajo son muy diferentes
en los distintos oficios y, en consecuencia, la lucha orientada
a mejorar estas condiciones tiene que sostenerse forzosamente
por oficios (por los sindicatos en Occidente, por asociaciones
sindicales de carácter provisional y por medio de octavillas
en Rusia, etc.). Dar a la "lucha económica misma un
carácter político" significa, pues, conquistar
esas reivindicaciones profesionales, ese mejoramiento de las condiciones
de trabajo en los oficios con "medidas legislativas y administrativas"
(como se expresa Martínov en la página siguiente,
43, de su artículo). Y eso es precisamente lo que hacen
y han hecho siempre los sindicatos obreros. Repasen la obra de
los esposo Webb, serios eruditos (y "serios" oportunistas),
y verán que los sindicatos obreros ingleses han comprendido
y cumplen desde hace ya mucho al tarea de "dar a la lucha
económica misma un carácter político";
luchan desde hace mucho por el derecho de huelga, por la supresión
de todos los obstáculos jurídicos que se oponen
al movimiento cooperativista y sindical, por la promulgación
de leyes de protección de la mujer y del niño, por
el mejoramiento de las condiciones de trabajo mediante una legislación
sanitaria y fabril, etc.
¡Así pues, tras la pomposa frase de "dar a la
lucha económica misma un carácter político",
que suena con "terribles" honduras de pensamiento y
espíritu revolucionario, se oculta, en realidad, la tendencia
tradicional a rebajar la política socialdemócrata
al nivel de política tradeunionista. So pretexto de rectificar
la unilateralidad de Iskra, que considera más importante
-fíjense en esto- "revolucionar el dogma que revolucionar
la vida" (6), nos ofrecen como algo nuevo la lucha por
reformas económicas. En efecto, el único contenido,
absolutamente el único, de la frase "dar a la lucha
económica misma un carácter político"
es la lucha por reformas económicas. Y el mismo Martínov
habría podido llegar a esta simple conclusión si
hubiese profundizado como es debido en la significación
de sus propias palabras. "Nuestro partido -dice, enfilando
su artillería más pesada contra Iskra- podría
y debería presentar al gobierno reivindicaciones concretas
de medidas legislativas y administrativas contra la explotación
económica, contra el desempleo, contra el hambre, etc."
(R. D., núm. 10, págs. 42-43). Reivindicar medidas
concretas, ¿no es, acaso, reclamar reformas sociales? Y preguntamos
una vez más a los lectores imparciales: ¿calumniamos
a los rabochediélentsi (7) (¡que me perdonen
esta palabreja poco feliz hoy en boga!) al calificarlos de bernstenianos
velados cuando presentan como discrepancia suya con Iskra,
la tesis de que es necesaria la lucha por reformas económicas.
La socialdemocracia revolucionaria siempre ha incluido e incluye
en sus actividades la lucha por las reformas. Pero no utiliza
la agitación "económica" exclusivamente
para reclamar del gobierno toda clase de medidas: la utiliza también
(y en primer término) para exigir que deje de ser un gobierno
autocrático. Además, considera su deber presentar
al gobierno esta exigencia no sólo en el terreno
de la lucha económica, sino asimismo en el terreno de todas
las manifestaciones en general de la vida sociopolítica.
En una palabra, subordina la lucha por las reformas como la parte
al todo, a la lucha revolucionaria por la libertad y el socialismo.
En cambio, Martínov resucita en una forma distinta la teoría
de las fases, tratando de prescribir infaliblemente la vía
económica, por decirlo así, del desarrollo de la
lucha política. Al propugnar en un momento de efervescencia
revolucionaria que la lucha por reformas es una "tarea"
especial, arrastra al partido hacia atrás y hace el juego
al oportunismo "economista" y liberal.
Prosigamos. Después de ocultar púdicamente la lucha
por las reformas tras la pomposa tesis de "dar a la lucha
económica misma un carácter político",
Martínov presenta como algo especial únicamente
las reformas económicas (e incluso sólo las
reformas fabriles). Ignoramos por qué lo ha hecho. ¿Quizá
por descuido? Pero si hubiera tenido en cuenta no sólo
las reformas "fabriles", perdería todo sentido
la tesis entera suya que acabamos de exponer. ¿Tal vez porque
estima posible y probable que el gobierno haga "concesiones"
únicamente en el terreno económico? (8) De ser así,
resultaría un error extraño: las concesiones son
posibles, y se hacen a veces también en el ámbito
de la legislación sobre castigos corporales, pasaportes,
pagos de rescate, sectas religiosas, censura, etc., etc. Las concesiones
"económicas" (o seudoconcesiones) son, sin duda,
las más baratas y las más ventajosas para el gobierno,
pues espera ganarse con ellas la confianza de las masas obreras.
Mas por eso mismo nosotros, los socialdemócratas, en
modo alguno debemos dar lugar, ni absolutamente con nada,
a la opinión (o a la equivocación) de que apreciamos
más las reformas económicas, de que les concedemos
una importancia singular, etc. "Estas reivindicaciones -dice
Martínov, refiriéndose a las reivindicaciones concretas
de medidas legislativas y administrativas formuladas por él
antes -no serían palabras vanas, puesto que, al prometer
ciertos resultados palpables, podrían ser apoyadas activamente
por la masa obrera"... No somos "economistas",
¡oh, no! ¡Unicamente nos humillamos a los pies de la
"palpabilidad" de resultados concretos con tanto servilismo
como lo hacen los señores Bernstein, Prokopóvich,
Struve R. M. y tutti quanti! ¡Unicamente damos a entender
(con Narciso Tuporílov) que cuanto no "promete resultados
palpables" son "palabras vanas"! ¡No hacemos
sino expresarnos como si la masa obrera fuera incapaz (y no hubiese
demostrado su capacidad, pese a los que le imputan su propio filisteísmo)
de apoyar activamente toda protesta contra la autocracia, incluso
la que no le promete absolutamente ningún resultado
palpable!
Tomemos aunque sólo sean los mismos ejemplos citados por
el propio Martínov acerca de las "medidas" contra
el desempleo y el hambre. Mientras Rab. Dielo se ocupa,
según promete, de estudiar y elaborar "reividicaciones
concretas (¡en forma de proyectos de ley') de medidas legislativas
y administrativas" que "prometan resultados palpables",
Iskra "que considera siempre más importante
revolucionar el dogma que revolucionar la vida", ha tratado
de explicar el nexo indisoluble que une el desempleo con todo
el régimen capitalista, advirtiendo que "el hambre
es inminente", denunciando "la lucha de la policía
contra los hambrientos", así como el indignante Reglamento
provisional de trabajos forzados, y Zariá ha
publicado en separata, como folleto de agitación, la parte
de su Crónica de la vida interior (9) dedicada al
hambre. Pero, Dios mío, ¡qué "unilaterales"
han sido esos ortodoxos de incorregible estrechez., esos dogmáticos
sordos a los imperativos de la "vida misma"! ¡Ni
uno solo de sus artículos ha contenido -¡qué
horror!- ni una sola, ¡imagínense ustedes!, ni siquiera
una sola "reivindicación concreta" que "prometa
resultados palpables"! ¡Desgraciados dogmáticos!
¡Hay que llevarlos a aprender de los Krichevski y los Martínov
para que se convenzan de que la táctica es el proceso de
crecimiento, de lo que crece, etc., de que es necesario dar a
la lucha económica misma un carácter políticos!
"La lucha económica de los obreros contra los patronos
y el gobierno (¡¡"lucha económica contra
el gobierno"!!), además de su significado revolucionario
directo, tiene también otro: incita constantemente a los
obreros a pensar en su falta de derechos políticos (Martínov,
pág. 44). Si hemos reproducido este pasaje no es para repetir
por centésima o milésima vez lo que hemos dicho
ya antes, sino para agradecer de manera especial a Martínov
esta nueva y excelente fórmula: "La lucha económica
de los obreros contra los patronos y el gobierno". ¡Qué
maravilla! Con qué inimitable talento, con qué magistral
eliminación de todas las discrepancias parciales y diferencias
de matices entre los "economistas" tenemos expresada
aquí, en un postulado conciso y claro, toda la esencia
del "economismo", comenzando por el llamamiento
a los obreros (10), siguiendo luego con la teoría de las
fases y terminando con la resolución del congreso sobre
el medio "aplicable con la mayor amplitud", etc. "La
lucha económica contra el gobierno" es precisamente
política tradeunionista, que está muy lejos, lejísimos,
de la política socialdemócrata.
(1) Advertimos, para evitar equívocos, que en la exposición
que sigue entendemos por lucha económica (según
el uso arraigado entre nosotros) la "lucha económica
práctica" que Engels denominó, en la cita reproducida
antes, "resistencia a los capitalistas" y que en los
países libres se llama lucha gremial, sindical o tradeunionista.
(2) En este capítulo hablamos únicamente de la lucha
política, de su concepción más amplia
o más estrecha. Por eso señalaremos sólo
de paso, como un simple hecho curioso, la acusación lanzada
por Rab. Dielo contra Iskra de "moderación excesiva"
con respecto a la lucha económica (Dos congresos,
pág. 27; acusación repetida con machaconería
por Martínov en su folleto La socialdemocracia y la
clase obrera). Si los señores acusadores midieran por
puds o por pliegos de imprenta (como gustan de hacerlo) la sección
de Iskra dedicada a la lucha económica durante el
año y la compararan con la misma sección de R.
Dielo y R. Mysl juntos, verían fácilmente
que, incluso en este sentido, están atrasados. Es evidente
que el conocer esta sencilla verdad les obliga a recurrir a argumentos
que demuestran con claridad su confusión. "Iskra -escriben-,
quiéralo o no (?), tiene (?) que tomar en consideración
las demandas imperiosas de la vida y publicar, por lo menos (!!),
cartas sobre el movimiento obrero" (Dos congresos,
pág. 27). ¡Menudo argumento para hacernos trizas!
(3) Decimos "en general" porque en Rab. Dielo se
trata precisamente de los principios generales y de las tareas
generales de todo el partido. Es indudable que en la práctica
se dan casos en que la política debe, efectivamente,
seguir a la economía; pero sólo los "economistas"
pueden decir eso en una resolución para toda Rusia. Porque
hay también casos en que "desde el comienzo mismo"
se puede hacer agitación política "exclusivamente
sobre el terreno económico", pese a lo cual Rab. Dielo
ha llegado, por fin, a la conclusión de que "no hay
ninguna necesidad de ello" (Dos congresos, pág.
11). En el capítulo siguiente probaremos que la táctica
de los "políticos" y de los revolucionarios,
lejos de desconocer las tareas tradeunionistas de la socialdemocracia,
es, por el contrario, la única que asegura su cumplimiento
consecuente.
(4) Expresiones textuales del folleto Dos congreso, págs.
31, 32, 28 y 30.
(6) Rab. Dielo, núm. 10, pág. 60. Así
aplica Martínov al estado caótico de nuestro movimiento
en la actualidad la tesis de que "cada paso de movimiento
real es más importante que una docena de programas",
cuya aplicación hemos analizado ya antes. En el fondo,
eso no es sino una traducción al ruso de la célebre
frase de Bernstein: "el movimiento lo es todo; el objetivo
final, nada".
(7) Partidarios de Rabócheie Dielo. (N. de la
Edit.).
(8) Pág. 43: "Desde luego, si recomendamos a los obreros
que presente determinadas reivindicaciones económicas al
gobierno, lo hacemos porque el gobierno autocrático está
dispuesto, por necesidad, a hacer ciertas concesiones en el terreno
económico".
(9) Véase V.I. Lenin. Análisis de la situación
interior (O.C., t. 5, págs. 297-319. (N. de la Edit.)